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Día 1.

Tan sólo hace unas horas que nuestro avión ha aterrizado en Trípoli. Acabamos de volver de dar un paseo por la ciudad y hemos regresado al hotel gratamente sorprendidos. En esta ciudad se respira un aire tranquilo y amable. La gente no parece interesarse por el grupito de extranjeros que lo observan todo cámara en mano. No nos molestan, no nos taladran con la mirada como sucede en otros muchos países. Y eso que aquí el turismo es sólo un recién llegado. Es agradable caminar por las calles, y sentarse en un café a tomar un capuccino, sin duda una de las mejores herencias que los italianos dejaron en estas tierras. Trípoli es una ciudad en la que adivina un gran futuro, una ciudad que está creciendo y que quiere seguir creciendo.

Día 2.


Por fin, ¡ya conozco Leptis Magna! Hemos pasado el día visitando estas impresionantes ruinas romanas. Después de haber escuchado tanto sobre ellas, no me han decepcionado en absoluto. Uno puede sentarse en el anfiteatro, con el mar al fondo, e imaginar cuán grandiosa fue esta ciudad en su momento. Hemos caminado mucho, descubriendo a cada paso sorprendentes restos de columnas. Quizás lo que más me haya gustado sea la Basílica y los bellísimos capiteles con la cabeza de Gorgona, que están diseminados por el suelo, y que hablan de la riqueza que un día sostuvieron. ¡Qué pena es la falta de inversiones para seguir excavando ese suelo! Más de la mitad de las ruinas de Leptis Magna permanecen bajo la tierra, durmiendo el sueño del olvido. Si algún día llegan a ver la luz será un tesoro de incalculable valor para todos los que amamos el Arte y la Historia.

Día 3.

Si ayer fue un día inolvidable, hoy no se ha quedado atrás. Hemos visitado las ruinas de Sabratha. Estos restos romanos son tan hermosos como los de Leptis Magna. Supongo que el mar juega un papel importante en el encanto de ambos, no puedo imaginar un mejor decorado. Los grandes restos de mosaicos, prácticamente intactos, nos han dejado sin habla. Y la reconstrucción de su teatro nos ofrece una de las vistas más impresionantes del yacimiento. Terminada la visita, hemos continuado nuestro camino hacia Nalut, donde se conserva uno de los qasr más bellos de la zona. Los qasr son antiguos graneros donde se almacenaban dátiles, aceite, trigo, cebada…El qasr de Nalut es sumamente interesante. Las estancias se disponen a un lado y otro de dos estrechas calles, que serpentean sin estructura definida. Andar por ellas es como dar un salto en el tiempo, o incluso en el espacio.
Seguimos nuestro camino. El desierto está cada vez más cerca, ya sale a nuestro encuentro. Estamos cansados después del largo recorrido en coche, pero satisfechos. Este país es sorprendente. Al caer la noche ya estamos en Ghadames.

Día 4.

Ghadames, antiguo enclave comercial y hoy en día solitaria ciudad, e idílica precisamente por ello. Emplazada ya en las puertas del desierto, Ghadames se alza como un oasis en el que refugiarse. Sus casas tradicionales, extraordinariamente bien conservadas, son un estallido de color e imaginación. Como si el día hubiera entrado en el interior de las casas, pese a que fuera de ellas las callejuelas están cubiertas en su mayoría, precisamente para alejar el sol abrasador.

Día 5.

Continuamos nuestro camino hasta Sebha. Allí cambiamos nuestro coche por un 4x4. Nuestro entusiasmo empieza a manifestarse en forma de hormigueo en el estómago. Por fin, el desierto ya casi está a nuestro alcance, y no nos atrevemos a imaginar cómo será, ni qué esperar de él. Sin duda, éste es otro encanto de viajar a Libia, que a cada paso puedes sorprenderte porque no hay forma de imaginar sentado en casa cómo será estar en un país tan desconocido, tan injustamente desconocido.

Días 6 y 7.

Akakus. Un mar de arena y rocas. Un mismo paisaje con mil caras diferentes. Siempre he tenido mucha imaginación, pero este sitio me lo pone aún más fácil. El cambiante color de las rocas, sus extrañas formas, el contraste con el cielo y la arena, son una ambientación perfecta para rodar una película de aventuras, o de fantasía. Y detrás de cada roca, una página de la historia. Los grabados de animales, escenas de caza o rituales son como un libro. Sólo tienes que pararte frente a ellos y leer. La palabra desierto no parece ajustarse a un lugar tan pleno y tan lleno de todo. Aquí el silencio no es algo hueco, está lleno paz, de emoción, de sentimientos contenidos. Algunas veces, la vida es más vida si no está acompañada de bullicio. Y al caer la noche, Akakus nos muestra otra de sus facetas más bellas: el cielo estrellado. ¿Se puede pedir más? Nuestro campamento es un remanso de paz. Me alegro de estar aquí. Me alegro de estar viviendo estos días.

Día 8 .

Hoy hemos llegado a Ubari. Nuestro campamento está anclado al pie de gigantescas dunas. Ubari marca el fin de nuestro viaje, y también el punto álgido del mismo. Arena, arena y más arena, formando dunas suaves y cambiantes. Mañana saldremos para visitar los famosos lagos. No podemos dormir de la expectación.

Día 9.

Probablemente hoy he conseguido la foto más bonita de todos mis viajes. Y ha sido un cliché, hecho foto: DESIERTO (escrito así, con mayúsculas) y en medio un ramillete de palmeras apiñadas en torno a un lago de agua salada, y al pie del mismo, un grupito de casitas blancas mirándose en él, como en un espejo. No podría haber imaginado un broche más impresionante para este viaje. Y lo mejor de todo es que esto no ha terminado aquí. Libia no se acaba en estos ocho o nueve días. Este país espera que regresemos. Aún nos queda por ver la arena negra de Waw el Namus, las famosas pinturas rupestres del monte Al Awainat, los numerosos restos romanos de la Cirenaica…Otro viaje para un futuro, espero que no demasiado lejano.